Rebeca Viurcos Sanabria, egresada del PECEM

Una de las partes que considero fundamentales en la formación integral de cualquier profesionista es la experiencia de salir al extranjero. Conocer otros países amplía tus horizontes, te ayuda a ambicionar nuevos objetivos, te muestra la diversidad y empatía ante diversas culturas, te permite entender el mundo de diferentes maneras, te enseña nuevas cosas y te motiva para seguir creciendo en todos los ámbitos de tu vida. Simplemente te da otro panorama diferente a lo que ya conoces. Es por eso, que desde muy joven, tuve el deseo y la ambición de viajar al extranjero.

El inconveniente siempre fue el tema económico, pues no es ningún secreto que para viajar a otro país es necesario una buena fuente económica. Aunque afortunadamente en mi contexto familiar nunca hubo carencias, tampoco sobraba el dinero para gastarlo en un viaje al extranjero, no podía pensar en eso. Por ello, siempre estuve pendiente de las convocatorias que aperturaba la Universidad para poder participar y vivir la experiencia de viajar al extranjero.

Cursaba el 3 año de la carrera de Médico Cirujano cuando, por medio de amigos, me enteré de que la Fundación UNAM, en conjunto con la SEP y otras instancias gubernamentales habían lanzado la oportunidad de participar por una beca al extranjero en donde el alumno se capacitaría en Métodos de Investigación. Esa era una oportunidad excelente para mí. En esos momentos ya había entrado al Plan de Estudios Combinados en Medicina (PECEM), donde a la par de la carrera de Médico Cirujano, hacía mi Doctorado. Este era un programa de estudios nuevo en México. Gracias a ello, conocía ya el mundo de la Investigación científica y me gustaba mucho. 

Es por eso, que la Convocatoria de Movilidad para Capacitación en Métodos de Investigación era una beca que no podía dejar pasar. No fue fácil postularme, pues los requisitos incluían tener una aceptación por alguna instancia extranjera, la cual debía subirse al sistema en breve y no había prórroga. Pero yo no conocía a nadie en el extranjero y menos que fuera un investigador que pudiera aceptarme en tan corto lapso de tiempo. En esos momentos tenía sólo un par de días para organizar todo. 

Decidida a juntar los requisitos, cancelé todos mis compromisos sociales que tenía ese fin de semana y me puse manos a la obra de tiempo completo para juntar los requisitos. También tuve que renunciar a una pequeña beca mensual que obtenía porque no podía recibir dos becas al mismo tiempo. Así lo hice. El fin de semana comencé a escribir a investigadores internacionales que pudieran estar interesados en recibirme en su laboratorio y mandarme la carta de aceptación. Afortunadamente dos personas me contestaron y los demás requisitos los pude juntar en menos de 48 horas. 

Recuerdo que incluso tuve problemas al subir mis papeles al sistema de becas, porque cuando ya tenía todo, el sistema cayó y no pude subir mi expediente, con lo cual me quedé fuera de la beca. Muy decepcionada y triste pensé que mi sueño de participar se había esfumado. Pero mi madre, una persona suspicaz y perseverante, me convenció de intentarlo contra todo pronóstico. Así contacté a las personas encargadas de la beca y les expuse la situación. Logré que otro postulante también testificara que no sólo había sido un problema conmigo, sino que en general existía un problema técnico que impidió que muchos alumnos subieran sus papeles. Después de llamadas, correos electrónicos y mucha angustia, logré que nos volvieran a abrir el sistema y pude subir todo. Cuando salieron los resultados salté de la felicidad. ¡Había salido seleccionada! No podía creer que se iba a hacer realidad mi sueño de ir a otro país, con todo pagado y además a hacer algo en beneficio de mi formación académica, como lo es investigar en proyectos científicos. 

Como país destino había elegido Canadá. También al otro compañero que testificó el tema del fallo en el sistema le dieron la beca. Todo valió la pena. Otro tema a superar fue la burocracia canadiense para darme la visa, ya que no cumplía los requisitos para ir como trabajador y tampoco entraba en la visa de estudiante por no tener una matrícula registrada en la universidad. Sin embargo, el tiempo se acomodó y al siguiente mes quitaron el requisito de Visa para entrar al país, así que pude viajar sin Visa y cumplir mi sueño.

Al salir de mi país, tuve un encuentro de emociones. Estaba sumamente feliz de poder conocer otro lugar tan diferente al mío y además de cumplir uno de mis deseos profesionales que era vivir en el extranjero. El vuelo fue largo, duró aproximadamente 6 horas.

Así fue como llegué a Montreal, Canadá, para realizar una Estancia de Capacitación en Métodos de Investigación en la Universidad McGill. El profesor a cargo sería el doctor Roger Prichard, una persona sumamente amable, cálida y agradable.

El primer día llegué a la Residencia Estudiantil. Tenía muchos miedos y estaba muy nerviosa porque no conocía a nadie. En México, yo había estudiado muchos años inglés y hasta francés, tenía los idiomas certificados, pero eso se esfumó cuando me encontré con muchos chicos de mi edad en la mencionada Residencia Estudiantil, que hablaban muy rápido y no les podía entender. Recuerdo que los primeros días no entendía casi nada. Pero poco a poco mi oído se fue adaptando. Me obligué a tener contacto con todos los locales. Aunque no tuviera nada de qué hablar, les hacía la plática y al final de mi estancia, ya hablaba fluidamente con todos ellos, como cualquier otro colega. Hice muy lindas amistades. Incluso, un día, una amiga me invitó a conocer a su familia, salimos a bailar y al siguiente día desayunamos con sus padres.

En el ámbito académico fue igual de retador. Llegar a un laboratorio extranjero siendo una joven sin mucha experiencia científica fue todo un desafío. Por suerte, todos los investigadores eran personas muy cálidas y comprensivas conmigo. Incluso, había una investigadora venezolana que me ayudó mucho al inicio. Cuando conocí en persona al doctor Roger Prichard, mi instinto mexicano me impulsó a querer darle un abrazo como saludo de bienvenida. Con lo cual tuve mi primer choque cultural al darme cuenta que el doctor no aceptó mi abrazo y sólo me extendió la mano. Quizá no supo que mi intención era abrazarlo, pero mi percepción del momento fue que no debía ser tan invasiva. Así estaba acostumbrada a saludar a personas que estimaba, y el doctor se había ganado mi estima ante su amable ayuda para hacer posible mi beca. 

El segundo choque cultural directo que tuve fue cuando le entregué el regalo que llevaba para él. Hice una cajita con obsequios mexicanos, llaveros, dulces típicos y un perfume para el doctor. Cuando lo abrió, comentó sobre el perfume que ahora ya no olería mal. Considero que fue un choque cultural porque él interpretó que yo le estaba insinuando que necesitaba el perfume, cuando en realidad es un regalo típico en México. No obstante los primeros acercamientos, el doctor siempre me recibió muy amablemente. Me llevó a mi lugar designado, me enseñó todo el laboratorio y me presentó con las doctoras.

Todos los días me levantaba muy motivada y caminaba tan solo 10 minutos para llegar al laboratorio. Sacaba muchas fotos de todo. Documentaba en mi cuaderno todos los experimentos que hacía. Ayudaba. Hacía preguntas. Aprendía. Practicaba el idioma. Observaba cómo se hacen las cosas en el extranjero. Estaba feliz. Estar ahí me llenaba. Era un sueño hecho realidad.

Algo que llamó mucho mi atención de Montreal es que hablan oficialmente dos idiomas. Lo cual es muy extraño, pues algunas personas pueden sólo hablar francés y otras sólo inglés. En el autobús, había choferes que sólo hablaban un idioma y yo observaba cómo se complicaba muchísimo la comunicación de dos personas locales, que compartían territorio, pero tenían diferente lengua materna. Me parecía algo extraño. Pero la gente se daba a entender como podía.

Llegué a principios de diciembre, cuando el invierno todavía no cubría las calles de blanca nieve. Conforme fueron pasando los días, el clima se hizo más frío. Me lo habían advertido. En Canadá el invierno es fuerte. La primera vez que vi nevar, tuve mucho sentimiento de felicidad y nostalgia. Jugué en la nieve. Miraba los copos de nieve, perfectamente formados, caer sobre mi guante. Era como en las películas. Parecía un espectáculo. Cuando la nieve alcanzó una altura suficiente, salía al parque por las tardes sola a jugar en la nieve. Me encantaba sentir la textura. Era como arena del mar, fina y suave. Escribía frases en el piso. Hacía fotos de todo. El río se había congelado. Todo se veía blanco. También los días se hacían más cortos. Oscurecía a las 5 de la tarde. Después incluso a las 4:30 pm ya no había luz de día. A todo eso me tuve que acostumbrar. Estaba fascinada por conocer nuevos horizontes.

Sin duda alguna ese viaje me marcó. A partir de ahí creció mi interés por conocer nuevas partes del mundo, nuevas culturas, nuevos panoramas, nuevas formas de pensar, nuevas formas de vivir. Aprendí a vivir sola. A ser independiente. Mi familia no estaba cerca para ayudar, así que yo hacía todo sola, desde cocinar, hasta lavar, pasando por mis actividades académicas.

Asimismo, hubo momentos difíciles, pues extrañaba a mi familia y no sabía estar sola, ya que en México siempre estaba acompañada. Pero como sabía que era una situación pasajera y que pronto regresaría a mi país, trataba de olvidarlo y disfrutar. Incluso invité a dos primas a visitarme y tuvimos oportunidad de viajar juntas. Conocimos Ontario y pasamos Navidad en la Residencia Estudiantil.

Gracias a mi Universidad, así como a la SEP, pude hacer esta estancia de investigación de forma exitosa. Cuando tuve que regresar a México tenía cierta nostalgia de dejarlo todo. Aunque el tiempo fue muy corto, hice amistades muy lindas y esa estancia tenía un significado especial en mi corazón por haber sido mi primer viaje al extranjero. No quería volver a México. Me despedí muy agradecida de todos y con el corazón lleno de nuevas experiencias que marcaron un parteaguas, pues desde ahí supe lo que era viajar y me preparé para ahorrar y poder planear mis siguientes estancias al extranjero.

A todos los alumnos que tengan la oportunidad de salir al extranjero, les recomiendo intentarlo. La experiencia es indescriptible y genera un parteaguas en nuestra mentalidad. No es fácil, pero si se trabaja diario para estar preparados para cuando llegue la oportunidad, será cuestión sólo de tiempo para que se concluya el objetivo de salir al extranjero y vivir esta experiencia inolvidable.