En el marco de la 10a Feria del Libro de Ciencias de la Salud se presentó la conferencia “El reino de los animales: ¿fuente de medicamentos o de seres medicinales?”, impartida por el doctor Alvaro Vargas González, académico del Departamento de Farmacología de la Facultad de Medicina, quien mostró un breviario cultural y farmacológico, a la vez que una reflexión, sobre dos enfoques complementarios del uso de animales en medicina: como productos medicinales, ya sean sus cuerpos completos o sus partes, en la medicina tradicional; y como fuente de medicamentos para la medicina profesionalizada. 

En el inicio de la plática, el doctor Vargas González se refirió a los fármacos como sustancias exógenas a nuestro cuerpo, que modifican las funciones normales o alteradas en nuestro organismo y que, por esta cualidad, son usadas como medicamentos en la medicina profesionalizada para proporcionarnos bienestar.

El académico explicó que los animales han sido usados como seres con propiedades terapéuticas desde antaño; y como ejemplo citó a la “Teriaca”, un preparado medicinal con origen en la Grecia antigua, hecha con ingredientes de tipo vegetal y mineral y a la cual le fueron añadidos, en alguna de sus variantes, carne de víbora seca y miel de abeja.

El conferencista añadió que el uso de animales como seres medicinales persiste en la medicina tradicional en México, tanto en zonas rurales como en el medio urbano, siendo posible encontrar en este último expendios que ofrecen “caldos curativos” de zopilote, víbora de cascabel, armadillo o zorrillo. 

El ponente aseveró que, en su opinión, es razonable pensar en los animales como seres con propiedades terapéuticas en virtud de que, como organismos vivos, producen sustancias activas que les confieren características como aroma, color, y sabor, entre otras; y que estas sustancias, como fármacos, pueden devenir en  medicamentos; sin embargo planteó la duda respecto de su utilidad terapéutica real. 

Primero, el doctor Vargas González advirtió sobre el riesgo sanitario que conlleva el consumo de cuerpos, o sus partes, de animales que pueden traer consigo patógenos para el humano en virtud de que se trata, en muchos casos, de organismos silvestres. Asimismo planteó que, en general, la identidad, mecanismos de acción y eficacia real de las sustancias activas contenidas en los productos animales, son desconocidos; y esto hace imposible el diseño de un esquema terapéutico con éstos. Así, el académico concluyó que el uso de dichos productos, como recurso terapéutico, puede representar un riesgo potencial para la salud antes que una práctica con certidumbre, útil y benéfica en medicina; sin que esto reste valor a dicha práctica como un fenómeno cultural. 

El conferencista añadió que, con ese enfoque, la conseja popular puede incluso devenir en mito; y citó como ejemplo de esto al ajolote (Ambystoma mexicanum) y el [supuesto] “jarabe de ajolote” recomendado para tratar algunas afecciones de tipo respiratorio. El ponente recordó con humor que él mismo ha recibido la sugerencia de tomar [jarabe de] ajolote, en esos casos, con el argumento de que dicho jarabe “tiene esencia de ajolote”; y que a raíz de esto ha encontrado algunas presentaciones comerciales de dicho jarabe que dicen tener “ajolote” o “concentrado de ajolote” sin dar especificaciones al respecto, y con al menos una presentación que no menciona a este animal en su etiqueta. 

Sin embargo, dijo el ponente que lo anterior no invalida el enfoque de los animales como un recurso a partir del cual es posible obtener medicamentos; y en este sentido narró la historia del captopril, un medicamento útil y vigente para controlar la hipertensión arterial, desarrollado a partir del conocimiento de las sustancias activas contenidas en el veneno de la víbora “Jararaca” (Bothrops jararaca) del Amazonas. Asimismo, apuntó que hay historias semejantes detrás de medicamentos como la exenatida, usada para controlar los niveles de glucosa en sangre de pacientes con Diabetes mellitus tipo 2, entre otros medicamentos. 

Por último, el ponente compartió un ejemplo mexicano vigente de cada uno de los enfoques planteados sobre el uso medicinal de los animales, enfoques que “parecen rudimentarios ahora que ya se habla, incluso, del diseño de medicamentos a través de herramientas de Inteligencia Artificial”. Uno es el “achoque” (Ambystoma dumerilii), animal considerado como medicinal, usado por la comunidad de monjas Dominicas en la localidad de Pátzcuaro, Michoacán, México, para elaborar “jarabe de  achoque” con la peculiaridad de que dicha comunidad cultiva a los organismos de esta especie usados como materia prima”.

El otro ejemplo es el ajolote, ya mencionado, que por ser un animal que regenera tejidos y órganos, que tiene una resistencia natural al desarrollo de tumores cancerosos, y cuya piel tiene propiedades antisépticas y antibacterianas, ha generado expectativa en los científicos como un animal productor de sustancias  activas que, como fármacos, podrían devenir en medicamentos regenerantes, antineplásicos, antisépticos y antibacterianos, respectivamente, útiles para la medicina profesionalizada.

El académico señaló para finalizar su conferencia que por todo lo anterior, en su opinión, el uso de animales enteros o sus partes como seres medicinales es poco factible y útil; mientras que el uso de animales como fuente de medicamentos, a pesar de que este enfoque puede parecer ficticio, es una realidad.

María Morales