Erick Jonás Solano González, estudiante de 2o año de la Licenciatura de Médico Cirujano
Sobre un campo de flores muertas
mi sangre sueña con volver a ser río,
se alza un rostro
congelado en la sal del mármol.
Mis ojos
que debían mirarte
han sido desgarrados por un cuervo
ya no hay pupila,
sólo la sombra de una herida que no deja de sangrar.
Y grita mi grieta,
que abra tu cielo
para partir mi tierra,
para romper el telón de nuestra vigilia.
Y su creación no es júbilo
es la amputación
es el temblor de un cuerpo que quiere huir de sí mismo,
es la certeza de que mi origen
es ya tu tumba.
Y he sido un héroe que no conquista,
sino que se vacía
y con cada aleteo mi mundo se abre un poco,
y con cada apertura se disuelve en tu carne.
No hay ya canto victorioso,
sólo un débil murmullo.
Qué es la eternidad
sino un cadáver que pesa en la boca.
Ya sólo nos queda la desolación
de aquel vuelo que jamás se posa,
donde aún arde la única chispa
que al crear me destruye.
En la ruina de mi rostro
congelado en la sal del mármol
algo semejante a un dios respira.
Hay textos que no se leen, sino que nos leen a nosotros. Son espejos oscuros que no devuelven nuestro rostro, sino la arquitectura invisible de nuestra mente. Reconocer esto también implica ser conscientes de que incluso hay textos que no son espejos, son bisturís. No nos reflejan una imagen, sino que cortan a través de la piel de la conciencia para exponer el tejido tembloroso que hay debajo. No se leen para encontrar consuelo, se leen para confirmar una sospecha, la sospecha de que nuestra vida está hecha de fracturas.
Este poema es una de esas hojas afiladas. Es una vivisección del yo. Donde uno es, al mismo tiempo, el cirujano, el cuerpo sobre la mesa y el observador que toma notas.
Más que un conjunto de versos, lo siento como un diagnóstico del alma, una cartografía de la dolorosamente ambigua y llena de desasosiego experiencia que implica el simple acto de seguir viviendo.
He llegado a la conclusión de que vivimos perpetuamente en la tensión entre la estatua y el río, y ésta es la dualidad fundamental de nuestra existencia consciente. También he llegado a pensar que todos comenzamos como una contradicción. Somos a la vez uno y otro, coexistiendo en simultaneidad entre ambos planos de la realidad, con tendencias a inclinarnos naturalmente a un lado o a otro, pero con esa tensión latente de ambas perspectivas que se sostienen la una a la otra.
Un rostro congelado en la sal del mármol es mucho más que una simple máscara social, es una fortaleza que hemos construido ladrillo a ladrillo, para protegernos. Es una escultura forjada con el mármol de las expectativas paternas, tallada con el cincel de la norma social y pulida hasta el brillo por nuestro propio miedo a la anarquía interior. Es la suma de nuestros logros, de nuestros títulos, de nuestras narrativas controladas y de una impuesta estoica resistencia al dolor. Es una obra de la ingeniería defensiva, diseñada para resistir el juicio del mundo y la imprevisibilidad de la vida. Ésta nos ofrece una falsa ilusión de permanencia y control, una paz frígida. Pero su precio es la petrificación. Vivir demasiado tiempo dentro de la estatua es olvidar el pulso de la sangre, es convertirse en un monumento de uno mismo, admirado quizás, pero fundamentalmente inerte e incapaz de crecer. Es gobernar un reino interior donde la pasión, la espontaneidad y la alegría genuina se han marchitado por falta de movimiento y riesgo.
Bajo esa coraza de mármol, es donde la sangre sueña con volver a ser río.
Ésta no es una simple metáfora de la emoción; es la representación del Ser en su estado más puro y caótico. Es el inconsciente colectivo gritando bajo la fina capa del yo consciente. Es el pulso febril de la histeria contenida, el magma de la rabia y el deseo, que al no encontrar salida, empiezan a corroernos desde adentro. Es la fuerza vital misma, la corriente de la intuición, el torrente de la creatividad desordenada, la inundación del duelo y la risa sin control. Es la parte de nosotros que se enamora sabiendo que puede salir herida, que crea sin garantía de éxito, que llora sin pudor, que baila sin ritmo.
La tragedia de la vida moderna es que nos enseñan a reprimir este río, a canalizarlo en conductos seguros y productivos, hasta que su caudal se convierte en un goteo predecible que alimenta los molinos de la rutina.
El campo de flores muertas no es un paisaje, es el resultado de esta toxicidad. La tierra envenenada por nuestra propia sangre estancada. Es la vida no vivida, la pasión reprimida, la intuición y el caos que anhelan fluir libremente.
Vivimos en esa tensión entre el silencio, entre la piedra y la corriente; y nos convencemos de que la estatua es todo lo que somos, hasta que una fuerza sumamente violenta y destructiva rompe el equilibrio. El coste psíquico de este control es inmenso, una disociación profunda, un sentimiento persistente de ser un impostor en nuestra propia vida. Una melancolía sin nombre que nace de la sed de nuestra propia alma.
El equilibrio de la estatua siempre es precario. La vida no tolera la quietud por mucho tiempo. Cuanto más rígida es la estructura, más violenta será la fuerza que eventualmente la quiebre.
La irrupción del cuervo que desgarra los ojos es esa crisis inevitable y necesaria. Aquí lo podemos apreciar como un arquetipo, el mensajero de la sombra, el portador de las verdades que hemos exiliado a las profundidades de nuestra psique. Puede tomar la forma de una pérdida, un fracaso, una traición o peor aún, una implacable y desgarradoramente cruel autorrevelación que nos obliga a ver la mentira sobre la que hemos construido nuestra vida. Un acto de violencia que destroza nuestra percepción del mundo.
La irrupción del cuervo no la entiendo como una metáfora, es literalmente el picotazo certero en la carne blanda del ojo. Es la violación de nuestra soberanía interior por una verdad que no elegimos. Es la garra que desgarra no solo la visión, sino el tejido mismo de nuestra narrativa personal. La herida que no deja de sangrar es un agujero, un conducto abierto por el que la vida entra sin filtro, con toda su crudeza. Los ojos arrancados son los que nos obligaban a ver el mundo de una única manera, a menudo a través de la dependencia de otro. Se convierte en un nuevo órgano de percepción. Quizás vemos menos, pero sentimos más. La ceguera nos obliga a navegar en un mundo interior que antes ignorábamos y la herida se vuelve la única voz que nos queda. Una grieta que grita, la voz primordial de la autenticidad que emerge cuando la fachada finalmente se rompe, la expresión más cruda para nombrar a una nueva y terrible consciencia que no puede surgir de otro lugar más que de la agonía y el tormento que vive un individuo al darse cuenta de su propia miseria.
Esto nos lleva al corazón del texto. Se nos dice que crecer es un proceso. Con el poema quisiera cambiar totalmente este paradigma. Es una amputación. Una carnicería. No es la precisión de un cirujano, es el corte irregular de un hacha oxidada. La creación es la amputación.
Vivimos en una cultura de la adición, de acumular experiencias, conocimientos, logros. Creemos que crecer es sumar. El poema argumenta lo contrario. Crecer es, fundamentalmente, un acto de sustracción.
Para convertirnos en quienes debemos ser, debemos amputar la persona que creíamos ser. Es una transformación del alma, y como toda amputación, deja un miembro fantasma. El eco de las vidas que no vivimos, el grito silencioso de las relaciones muertas, el luto por la inocencia perdida.
Es un proceso brutal que el poema no endulza, y requiere que celebremos un funeral por la persona que una vez juramos ser.
Y es aquí donde la identidad se redefine por completo. Dejamos de ser la suma de lo que hemos acumulado para convertirnos en el espacio dejado por lo que hemos perdido.
Nuestra identidad no es una construcción sólida e inamovible, es una criatura que ha roído su propia pata para escapar de la trampa y que ahora cojea, pero está libre. Libre y mutilada.
Nos damos cuenta de que nuestro origen más profundo no es una semilla de potencial, sino nuestra propia tumba, el fértil vacío dejado por una muerte simbólica. Somos hijos de nuestras pérdidas. Es en la aceptación del oscuro y rico suelo de nuestros duelos donde encontramos la verdadera raíz de nuestra fuerza. La tumba que deja de ser un final para convertirse en el vientre del que brota una nueva vida.
Tal: visión, comprensión, identificación, reflexión, nos exige una redefinición total del heroísmo. El arquetipo del héroe que conquista es un veneno cultural que nos empuja a una guerra perpetua contra nuestra propia vulnerabilidad y la del mundo. Nos enseña a tratar la vida como un territorio a someter. El poema nos ofrece una visión radicalmente distinta, el héroe que se vacía. Ésta no es una rendición pasiva, sino un acto de valentía supremo. Es la decisión consciente de soltar las armas del ego, la necesidad de tener razón, de controlar los resultados, de mantener intacta la estatua de mármol. Es una feroz batalla interior contra nuestros instintos más arraigados de autoprotección.
Vaciarnos es crear un espacio interior para que algo nuevo pueda nacer. Es solo cuando nos vaciamos del ruido de nuestras defensas que podemos finalmente escuchar el débil murmullo de nuestro verdadero ser. Es un acto de purificación interior que libera la lengua para que pueda por fin hablar un nuevo lenguaje.
Y así, tras el colapso de la estatua, la aceptación de la herida y el vaciamiento interior, uno comprende una verdad sencilla, las identidades son como imperios. Se construyen sobre una gran idea, sobre la fe en algo. Un futuro idealizado, una versión de lo que
firmemente creemos ser. Pero cuando esa fe se revela como una ilusión, cuando el fundamento se quiebra, la estructura entera se viene abajo.
Este poema, con su cruda violencia, no es más que la crónica de ese derrumbe. Un héroe que no se vacía por elección, sino porque su reino ha desaparecido. Lo que queda no es un sabio, sino un exiliado caminando sobre las ruinas de su propio imperio, con el sabor a polvo de la grandeza que alguna vez creyó poseer.
Lo que nace de esto no es una moraleja, mucho menos una paz solemne. El resultado es mucho más simple y, a la vez, más complejo.
En medio del campo de batalla interior, algo queda en pie. No es una estatua nueva ni más fuerte, porque la piedra ya no es un material confiable.
Tampoco es la fría respiración de un Dios indiferente.
Lo único que nos queda es una rosa que ha sobrevivido a la helada y al combate.
Sigue siendo, inconfundiblemente, una rosa. Pero ahora sus pétalos están manchados con la sangre de la lucha. Su herida no desaparece, se convierte en parte de su color. En parte de su dolor. El recuerdo de su muerte no se borra, es la tierra oscura de la que ahora se nutre.
No hay un final feliz. Sólo queda una vida que ya no aspira a la perfección del mármol, sino a la terca y frágil resistencia de un pétalo.
No hay un reino restaurado.
Solo una rosa, íntegra y roja. Y rota. Viva y marcada para siempre.


