Mi nombre es Diana Rubalcava Gracia Medrano, y desde la preparatoria encontré un gran gusto por la ciencia. Tuve una maestra de biología que me transmitió el asombro por el mundo biológico. Durante la Licenciatura en Investigación Biomédica Básica me fascinó el estudio de las mitocondrias, tema que elegí tanto para mi tesis de licenciatura como para mi doctorado en Ciencias Biomédicas.
Tras concluir mis estudios, tuve la oportunidad de realizar una estancia posdoctoral en el Instituto Karolinska, en Suecia, donde trabajé durante seis años. Este 2025 regresé a México con una plaza como investigadora y docente en la UNAM, en la Licenciatura de Investigación Biomédica Básica, y llevo cuatro meses asumiendo este nuevo reto con entusiasmo.
Creo que quienes nos dedicamos a la investigación tenemos la responsabilidad de formar a la siguiente generación de científicos. Yo tuve excelentes profesores y pienso que enseñar es una forma de retribuir ese privilegio. Mientras el impacto de mi investigación alcance a un público específico, la docencia en el laboratorio y en el salón de clases me permite contribuir directamente a la sociedad a través de mis estudiantes.
Uno de los mayores desafíos en México es aprender a trabajar con recursos limitados. Esto nos obliga a planear de forma más meticulosa y creativa, a ser precisos en cada experimento y a valorar la elegancia de la sencillez. Esa manera de pensar fue muy apreciada durante mi estancia en el extranjero, y creo que es una de las fortalezas de quienes realizamos investigación en México.
Como científica, he tenido el privilegio de contar con modelos a seguir en mi familia: mi abuela, química; mi madre, matemática; y mi tía abuela, médica. Ellas me enseñaron que el camino académico es posible y natural, aunque reconozco que aún falta avanzar hacia una equidad plena de oportunidades, con apoyos que permitan a las investigadoras conciliar su vida personal y profesional.
Trabajar con estudiantes es fundamental. La ciencia no se construye en soledad: requiere colaboración, mentoría y confianza. Así como yo me beneficié del trabajo bien hecho de otras personas investigadoras, siento la responsabilidad de dejar bases sólidas para las generaciones que vienen.
A quienes se interesen por la investigación biomédica, les diría que no existe un solo molde de persona científica. La ciencia se beneficia de mentes diversas y auténticas, personas que piensen distinto y se atrevan a explorar ideas fuera de lo convencional.
Finalmente, creo que debemos hablar más del bienestar y la salud mental dentro de la academia. Para hacer buena ciencia necesitamos equilibrio, espacios saludables y una vida plena. Cuidarnos no nos resta productividad, nos hace mejores investigadores y mejores personas.


