La importancia de tener un propósito

En la actualidad, la planificación y el establecimiento de metas han perdido popularidad. Frases como “mejor fluye, déjalo ser” reflejan una tendencia social que valora la espontaneidad por encima de la estructura. Sin embargo, desde una perspectiva neurocientífica, vivir con propósito es una necesidad biológica fundamental. El ser humano ha desarrollado la capacidad de vivir con metas y rutinas, lo que le ha otorgado una ventaja competitiva a lo largo de la evolución.

Nuestro cerebro necesita dirección

Contar con un propósito, ya sea una meta definida, una rutina diaria o simplemente un rumbo claro, activa los circuitos dopaminérgicos del cerebro. 

Esta activación potencia la motivación, la atención y la toma de decisiones. El lóbulo frontal y el sistema límbico participan en estos procesos, permitiendo que nos mantengamos enfocados, aprendamos y experimentemos satisfacción al alcanzar nuestros objetivos.

Cuando el cerebro pierde la dirección, su funcionamiento se resiente: disminuye la dopamina, la corteza prefrontal se inactiva y las funciones ejecutivas se ven afectadas. Esto se traduce en dificultades para concentrarse, organizarse y disfrutar de las actividades cotidianas. Este mismo fenómeno se observa en la depresión y en el síndrome post-jubilación.

El vacío tras alcanzar una meta

El síndrome post-jubilación ilustra claramente qué ocurre cuando se pierde la estructura vital. Tras décadas de horarios, responsabilidades y metas, muchos afrontan el retiro esperando descanso, sólo para descubrir que la ausencia de propósito desorienta el cerebro. Al desaparecer la rutina que mantenía activa la corteza frontal, se reduce la interacción social, disminuyendo así la estimulación cognitiva y emocional.

En los meses posteriores, es frecuente observar apatía, insomnio, desinterés, quejas de memoria e incluso depresión. Estos síntomas no responden únicamente a la nostalgia, sino a un descenso real de la actividad cerebral. Los estudios muestran que quienes encuentran nuevos proyectos tras la jubilación, como enseñar, aprender algo nuevo, cuidar un jardín o colaborar en su comunidad, tienen menor riesgo de deterioro cognitivo y una mejor calidad de vida.

Las lecciones que nos dejó el aislamiento

Durante la pandemia, la sociedad vivió una especie de jubilación forzada. La pérdida de rutinas, junto con la incertidumbre y el aislamiento, redujo la estimulación mental y social, provocando un notable descenso en el estado de ánimo y el rendimiento cognitivo. Muchos adultos mayores sufrieron lo que algunos neuropsicólogos denominan “declive por desuso”: la mente se desacostumbra al esfuerzo, la curiosidad se apaga y la atención se debilita.

Los datos reflejaron un aumento de diagnósticos de ansiedad, depresión e insomnio, así como quejas frecuentes de memoria y concentración. No se trató simplemente de aburrimiento, sino de inactividad neurobiológica. El cerebro necesita propósito tanto como el cuerpo necesita movimiento.

El home office y la pérdida de estructura

El trabajo desde casa aportó comodidad, pero también generó un nuevo tipo de vacío al eliminar las fronteras entre la vida personal y profesional. Desapareció parte de la estructura que mantenía activa la mente: prepararse para salir, convivir y enfrentarse a estímulos nuevos. Trabajar en pijama, aunque aparentemente inocente, priva al cerebro de la señal de “inicio de tarea”, que activa los sistemas de alerta y motivación.

Prepararse, salir o cambiar de entorno envía una poderosa señal al sistema nervioso: “esto importa, échale ganas”. Estos rituales anticipan recompensa, elevan la dopamina y mejoran la atención. Incluso acciones pequeñas, como vestirse, buscar estacionamiento, caminar o tomar café con otra persona, actúan como micro-activadores del lóbulo frontal, favoreciendo el ánimo y la productividad. Sin estos rituales, el ciclo de activación y relajación se desajusta, aumentando los problemas de insomnio.

El valor terapéutico de la rutina

Numerosos estudios sobre envejecimiento demuestran que quienes mantienen actividades regulares y con propósito presentan menor incidencia de deterioro cognitivo y depresión. La rutina no adormece el cerebro: lo entrena. Favorece la previsibilidad, reduce la ansiedad y fortalece las redes responsables de la planificación y la memoria de trabajo. Los seres humanos somos animales de patrones; por el contrario, la improvisación constante fragmenta la atención y agota los sistemas de control ejecutivo. Tanto el propósito como la rutina organizan la vida y activan el cerebro.

La atención plena como complemento

La atención plena, o mindfulness, no se opone al propósito, sino que lo complementa. Mientras el propósito proporciona dirección, la atención plena aporta presencia. Practicarla implica reducir el ruido mental, es decir, el flujo de pensamientos irrelevantes y distracciones que saturan nuestra mente.

Cuando el cerebro logra disminuir ese ruido, mejora la eficiencia de las redes atencionales y emocionales, aumenta la memoria de trabajo y se regula la amígdala, lo que reduce la reactividad y la labilidad emocional. Estudios de neuroimagen demuestran que la meditación incrementa la conectividad entre la corteza prefrontal y las áreas de regulación emocional, favoreciendo el control y la claridad mental. Estar presente ayuda a pensar mejor; no se trata de vaciar la mente, sino de dirigir la atención consciente hacia lo que importa.

Propósito y atención: un binomio esencial para la salud cerebral

El propósito da sentido al movimiento y la atención plena asegura que ese movimiento sea consciente. Juntas, ambas prácticas mantienen activos los circuitos que sustentan la motivación, la memoria y la regulación emocional. No es necesario que el propósito sea grandioso: lo importante es tener dirección.

Al igual que un músculo, el cerebro necesita resistencia y un motivo para activarse y superarse. Vivir con propósito, aunque sea pequeño o aún incierto, es una forma de cuidar la mente. Es el antídoto contra la apatía, la desorientación y el ruido mental que nos distrae de lo esencial. La clave está en mantener el rumbo y la atención, incluso cuando el mapa todavía no se ve completo.

Irene Treviño Frenk, Neuróloga, profesora de la Facultad de Medicina de la UNAM