Juan Diego Pérez Lides, estudiante de la Licenciatura de Médico Cirujano
Hay historias que nunca terminan por escribirse y otras que quedan en puntos suspensivos, la vida es de la misma manera: una historia que estamos destinados a vivir. Somos seres tan complejos, seres que van en busca de sus sueños; tratando de abrirse camino en medio de mil obstáculos. Pero lo cierto es que muchas veces no te sientes suficiente para lograr eso que tanto has soñado. Surge la pregunta ¿Soy capaz de hacerlo? Surgen los miedos, el temor en uno mismo, la comparación y la duda. La presión que uno carga en sus hombros, el deseo de ser mejor cada día, y ver cómo lentamente uno se pierde en busca de lo que quieren los demás.
Las palabras, las promesas, y ese olvido, que vive dentro de uno se vuelve parte de lo que somos. Una historia que jamás termina, un miedo por ir demasiado lento y sentir que no hemos logrado nada en nuestras vidas. Surge esa comparación con los otros, ese deseo de ser igual que ellos, esa impotencia de sentir que la vida se te está acabando. La vida es así, una carrera donde uno aprende a caerse, a ser fuerte y a valerse por uno mismo. Porque lo cierto es que los amigos no siempre estarán, los padres algún día morirán y todo lo que somos algún día se desvanecerá.
Uno no logra comprender tantas cosas cuando somos pequeños, queremos correr y ser algún día adultos, soñamos ser como nuestros padres; tener nuestra propia casa, nuestro propio carro, disfrutar de esas “ventajas” de ser un adulto. Sin embargo, no nos damos cuenta que la mejor etapa de nuestra vida es eso que llamamos “infancia”. Cuando uno va creciendo las responsabilidades cada vez son mayores, nos preocupa nuestro futuro y ese miedo de verte fracasar crece cada día. Pues día tras día, vas observando como tus padres son cada vez mayores, como eso que tanto te ilusionaba cuando eras niño, ahora sólo es un bonito recuerdo.
Esa alegría, esas risas, esa ilusión que algún día tuviste, con los años se va perdiendo poco a poco. Pues ahora comprendes que la vida sigue avanzando, que los años pasan y que con el tiempo uno se pierde entre las miles de responsabilidades de ser adulto. Los abuelos mueren, las historias que antes ellos contaban ya no están. Tus padres van envejeciendo, para algún día ser ellos los que ahora cuenten las historias.

Simplemente uno va dejando atrás esa inocencia, esa esperanza que creíamos cuando éramos niños. Y ahora que hemos crecido, tratamos de dar lo mejor de nosotros para no defraudar a nadie, para no defraudarnos a nosotros mismos; y que simplemente algún día esa persona que veamos en el espejo se sienta orgullosa de nosotros. Que al mirar al cielo, esas personas que ya no están con nosotros vean lo mucho que hemos crecido; que vean nuestros errores, nuestro esfuerzo, y nuestro valor para seguir adelante.
Sí, he fracasado muchas veces, he cometido muchos errores y he sido un cobarde, pero ¿Cuántos de nosotros no hemos pasado por lo mismo? ¿Cuántas veces no hemos dejado atrás nuestros sueños, por el simple hecho de tratar de sobrevivir? Los años siguen pasando, las personas siguen cambiando y el esfuerzo que has hecho muchas veces has sentido que no ha valido la pena. Pero día tras día, lo seguimos intentando, seguimos luchando por ser alguien en la vida, por sentir que valemos algo y que nuestra vida ha sido valiosa por lo menos un segundo.
La soledad que uno siente crece día tras día, el sentimiento de culpa a uno lo invade, y el miedo al fracaso crece día tras día, minuto tras minuto. Un día despiertas y te das cuenta, que ahora el adulto debe ser uno, que los problemas ya sean muy grandes o pequeños, ahora debes ser capaz de solucionarlos. Y sucede muchas veces que uno se siente como un fracasado, como alguien que jamás será capaz de lograr algo.
Vemos miles de historias, de personas exitosas que han logrado eso que tanto hemos deseado, y luego volteamos y nos miramos a nosotros, y sentimos que hemos logrado tan poco.
Nos sentimos vacíos, como si algo faltara, y ahí es donde comprendemos que hemos perdido a una persona muy especial: A nosotros mismos. Si nuestro niño nos viera, se daría cuenta de lo mucho que hemos tropezado, pero también de lo que hemos logrado.
Querido niño: sólo espero significar algo para alguien, no me mires, sé que te he fallado y que te mereces algo mucho mejor. Aún estoy aprendiendo de la vida y, créeme, tengo miedo de no saber qué hacer…


