“Nos enseñan a hacer cosas técnicas, pero no siempre se dedica un poco de ese tiempo a procesar todo el sufrimiento que hay en los hospitales. De igual manera, nos dicen que el médico tiene que ‘ser fuerte’, que no debe involucrarse emocionalmente y, al final, uno se vuelve insensible ante los pacientes que alguna vez vimos como personas”, consideró el doctor Antonio Cerritos, Jefe del Departamento de Evaluación Educativa de la Secretaría de Educación Médica de la Facultad, durante su participación en la sesión del Seminario Permanente de Prevención, Bienestar y Salud Mental Universitaria, con el tema ”Recomendaciones del manejo emocional del profesional en formación ante casos médicos complejos”.
En esta actividad organizada por el Programa de Salud Mental para la Comunidad de la Facultad de Medicina (PROSAM) del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental (DPSM), y moderada por el doctor Diego Armando Coronel Manzo, Responsable del área educativa e innovación del PROSAM, el ponente abordó recomendaciones para el manejo emocional de las y los profesionales en formación ante situaciones clínicas complejas.
En la sesión realizada el pasado 6 de mayo en el auditorio “Dr. Ramón de la Fuente Muñiz” y transmitida por YouTube, el doctor Cerritos destacó que los estudiantes y profesionales de la salud están expuestos de manera cotidiana a situaciones de alta carga emocional, como la muerte de pacientes, la amputación de extremidades o el sufrimiento familiar, y que la falta de herramientas para procesar estas vivencias puede derivar en sobrecarga emocional silenciosa, despersonalización y síndrome de burnout.

Frente a lo anterior, propuso estrategias como la Autorregulación (conciencia emocional), la Metacognición (¿cómo pienso?, aprender a aprender), el anclaje existencial (sentido de vida o propósito vital) y el acompañamiento espiritual basado en competencias como la Presencia, Compasión y Empatía. “La presencia es estar con el otro, ‘estar ahí para él’; al 100%, con la atención total puesta en la persona doliente; la compasión es amor en acción: veo que necesita algo y busco la manera de proveerlo, si no hay una acción consecuente a la necesidad que observo, no hay compasión; por su parte, la empatía es la legitimización del otro, la conciencia de que la persona, así como es, es valiosa per se, que tiene dignidad, que es respetable, a la que no se le pide que cambie, que sea otro o de otra forma, no se le reclama nada, sólo se le acepta como es, se legitimiza, es alguien”, explicó.
El ponente subrayó la importancia del propósito vital como un faro que guía la práctica médica, especialmente en momentos de dificultad. Desde una perspectiva de competencias espirituales, distinguió entre espiritualidad y religión, señalando que la primera es universal y se manifiesta en la relación con uno mismo, con los demás y con lo trascendente, recordando que una comunidad que aprende a cuidar también aprende a ser mejor, a hacer mejor y acompañar mejor.
En su momento, el maestro en Psicología Oscar Hernández Aguirre, comentarista del seminario, coincidió en que la regulación emocional inicia con la conciencia de lo que sentimos, y subrayó el valor de la validación tanto hacia los pacientes como hacia uno mismo.

Enfatizó que la compasión nos invita a reconocer que estamos haciendo lo mejor que podemos a nuestro alcance y que nos permite reconocer que tenemos límites como profesionales de la salud, en donde podemos acompañar, sostener a la persona con dolor, con sufrimiento, pero no volvernos responsables de la vida del otro a costa de perder la nuestra.
Ambos especialistas finalizaron la ponencia, coincidiendo en que la autorregulación emocional, el autoconocimiento y el sentido de vida son esenciales para que los profesionales de la salud enfrenten el sufrimiento clínico sin despersonalizarse durante y después de su desarrollo académico, y que no olviden lo realmente importante: la razón de estar aquí.
Octavio Araujo


