
Carlos Massé, alumno de 4to año de la Licenciatura de Médico Cirujano
Madrid, España, 2024. Hoy, un día como cualquiera, me levanté de la cama y me he dado cuenta de que ya nada es igual. Siento el peso de un nuevo día de invierno en esta ciudad. La luz que se observa por las cortinas no es la misma a la que estaba acostumbrado. Mi habitación es pequeña, las paredes son blancas y austeras; cuenta con unas cuantas camas, una silla y una luz fría que refleja una nostalgia profunda por todo lo que he dejado atrás. El frío se filtra a través de las ventanas e incluso el aire es distinto: más denso, más pesado.

Me levanto de prisa, pues todos estos pensamientos me han retrasado para irme al hospital, pero cuando mis pies descalzos tocan el suelo helado, generan en mí una sensación extraña. Es curioso cómo la temperatura del piso puede recordarme que estoy lejos de casa. Después de tomar un baño y vestirme con rapidez, debo abrir en mi celular un mapa de la ciudad. Sigo sin saber cuándo dejaré de ver Madrid como un laberinto infinito.
Salgo a la calle y nada es igual. El bullicio de la ciudad me pega un golpe de realidad. Las calles son hermosas, los edificios de ladrillo y balcones adornados con flores tienen un encanto que podría llamar romántico, pero a su vez imponente. Cada día intento memorizar un poco más las calles desconocidas, el nombre de una plaza o las cafeterías por las que paso. Aquí todo el mundo camina con prisa, como si no fuera el único acostumbrado a luchar contra el tiempo.


Cuando llego al metro, siento que comienza mi prueba de adaptación. En mi ciudad, suele ser caótico, lleno de surrealismo y desorden. Aquí es más organizado, pero no menos abrumador. Las voces que me rodean son una mezcla de español europeo, inglés y otros idiomas que no logro identificar. Me aferro a mi mochila, no por el temor a perder algo, sino porque es lo único que siento realmente mío en este lugar.
Al llegar a la superficie, se alza ante mí el hospital en el que estoy llevando mis rotaciones clínicas como un gigante inmutable. Su modernidad es majestuosa, pero hasta cierto punto me resulta familiar. Al entrar, el ambiente cambia: los murmullos son más claros, las palabras comienzan a tomar sentido, las miradas son concentradas y decisivas; sin embargo, nada es igual.
Conforme voy avanzando, la diferencia comienza a diluirse. En el quirófano, el bisturí, aunque eléctrico, corta con la misma precisión; el brillo de las lámparas, la temperatura y el sonido del monitor son iguales en cualquier otra parte del mundo; sin embargo, nada es igual. Los pacientes que ingresan llevan consigo historias diferentes, así como las calles de esta ciudad.
Llega la última operación del turno: una paciente mayor que ingresaba para la resección de un tumor mamario. La tecnología y metodología del lugar me hacían darme cuenta de que ya nada era igual a lo que conocía; sin embargo, antes de que el anestesiólogo induzca la anestesia, la mujer toma mi mano. Sus dedos eran delgados, fríos y frágiles, pero con un agarre firme. Sus ojos estaban llenos de miedo, y aunque el acento en castellano me resultaba distinto al que suelo escuchar en México, la pregunta fue la misma: “¿Todo saldrá bien?”.

La cirugía terminó más rápido de lo que pensaba, pero las emociones de ese momento me acompañaron durante todo mi regreso por la ciudad. Por las noches, Madrid muestra una cara diferente. Casi nada es igual: las calles iluminadas con farolas parecen acogedoras, los bares y terrazas están llenos de vida y risas que me hacen sentir menos solo.
Mientras camino por la Gran Vía y escucho mi canción favorita, pienso en todo lo que he aprendido. En realidad, la medicina no es tan diferente aquí. Las herramientas pueden ser más modernas, los protocolos más sistemáticos, pero los sentimientos, las preocupaciones y los temores de los pacientes son idénticos. Comienzo a comprender la célebre frase que Claude Bernard dijo alguna vez y reafirmo que el propósito de la medicina, tanto aquí como allá, no se centra en tratar enfermedades, sino en escuchar, entender y acompañar a los enfermos que sienten, temen y sueñan como todos.
Cuando llego a mi habitación, no puedo dejar de pensar que a mi alrededor nada es igual, pero, sin embargo, nada ha cambiado.